"La incertidumbre absoluta en un plano inequívoco, que remarca o resalta lo absurdo e incoherente de lo objetivo...
-Es como dos chori y una coca a los pies del Indokush."

Zung Tseng Pin (el único antiguo filósofo chino pedorro que se salvó de las garras de Narosky)

jueves, 8 de diciembre de 2011

Otro artista alemán que la rompe: Ernst Kahrl

Acá les dejo un par de pinturas y dibujos del polifasético Ernst Kahrl ¡Disfrutenlo!

El Perro Peleador
Jesus y Lenin

Delikatessen

Este tiene un nombre re jodido, sepan disculpar pero no se hablar alemán

El incógnito

Pelotudeces diarias: Enemigo en el patio

Buenas gente.
Como estamos en temporada de parciales mi atención al blog se verá reducida por estas semanas. Por otra parte, estoy muy agradecido por la cadena de mails recibidos, pidiendo una nueva publicación. Gracias a mis cuatro seguidores, este blog no sería lo que es...
Igual está bueno escribir un blog que a todo el mundo le da paja leer. Seamos sinceros, entraste pensando que te ibas a encontrar fotos de Graciela Borges en tanga. Aceptalo cochino.

  En fin, la semana pasada le estaba contando a mi psicólogo (él prefiere que lo llame terapeuta) que el patio de mi casa se está convirtiendo en el club de la pelea para gatitos. Todas las noches se arma terrible batalla campal en el fondo ¡Los gritos que pegan esos forros! Parecían velocirraptors cazando gente en Jurasic Park.
  Una noche estaba buscando información sobre la retirada de Urquiza en la batalla de Cepeda -mentira, estaba viendo pornografía suave aria, pero eso no se lo puedo decir a mi terapeuta. No me gusta la forma en que me mira, me perturba un poco- cuando escucho en la cocina de mi casa, el ruido de platos y cubiertos caerse. Me cagué hasta las patas y creo que dejé una palometa en el boxer. Pasados unos segundos, junté coraje (y un nuevo boxer) y me fui a fijarme qué carajo pasaba. Pensé, "espero que no sea otra vez Luis Majul tratando de robarse mi comida".


Los chicos malos del vecindario. Bad boys, bad boys!
  Para sorpresa de mi buen gusto, lo que encontré jugando adentro del fregadero fue a un gato chiquito, atigrado y gris, con un collar con campanita. Cada vez que se movía sonaba un tilín-tilín, bastante tierno por cierto. La sensación de cuiqui que tenía se transformó en curiosidad (la campanita era el disuasivo). Pero este estado no duró mucho. Cuando el animalito se percató de mi presencia, se me quedó mirando con terrible cara de orto, como diciendo, "¿qué querés flaco? ¿No vés que te estoy revisando la cocina?" Yo me quedé en seco. Osea, el tipo me hizo sentir como que el que estaba demás era yo. Encima de ratero, prepotente el forro. Yo esperaba que se asuste ante mi presencia, o que por lo menos imite la cara de desesperación que ponen las minas cuando las intento sacar a bailar. En vez de eso, el delincuente saltó hacia mi con ansias asesinas. Mi primera reacción fue llevarme las manos a la altura del rostro, la segunda fue tirarme al piso. Es un mecanismo de defensa automático que tengo. Primero cara, después al piso. Así, sin pensar. A veces se me escapa un grito agudo, aunque esta vez no lo hice (lo juro por mamá). El gatito siguió el trayecto de largo y fue a parar contra el borde de la mesa. Para mi desgracia el golpe no le hizo daño, al momento de estrellarse el bicharraco se recompuso como si nada. Mientras intentaba levantarme siento un pichazo agudo, como de avispa, en mi pierna. Era el intruso que con sus uñas me abrazaba con fuerza. Quise sacármelo tomándolo por el pellejo, pero el monstruo con campanita se aferraba con mayor intensidad. Para colmo, por cada vez que me mordía, me dedicaba una mirada de odio acérrimo, como si sintiera placer en lastimarme. Yo le gritaba ¡¿Por qué?! ¿Por qué me hacés esto? Pero él ni se inmutaba, hasta que de un sacudón fuerte sale despedido para el comedor.
  Ahora bien, esta es la parte que menos entendí del asunto. El chabón empezó de la nada a correr en círculos (literalmente) por todo el comedor. Fue lo más extraño que vi en mi vida, ya que el felino aumentaba la velocidad por cada vuelta que daba.
  No sé cómo hice para llevarlo hasta la puerta del garage. Pero la cuestión es que patada va, patada viene, logré echar al demonio. Cuando estaba cerrándose la puerta, el gatito voltió unos instantes para dedicarme una última mirada a los ojos como diciendo "nos volveremos a encontrar".

  A veces cuando no puedo conciliar el sueño, escuchó ruidos de pisadas cerca de la ventana de mi cuarto, seguidas por el tilín-tilín de una campanita...