Es tan fácil reaccionar con odio.
Es tan fácil no pensar a tiempo.
Es más fácil incluso, perder la paciencia.
¿Se justifica? Tal vez, a veces...
Es tan fácil enojarse ante el daño.
Es tan fácil herir, cuando se es herido.
Es tan fácil insultar, ante el agravio.
¿Se justifica? No lo creo...
Es tán fácil desear lo peor,
lo mundano, lo febril, lo indómito,
Es tan fácil equivocarse...
Mucho más fácil es enojarse por eso.
Pero no es fácil para nada,
Observar y razonar, antes que sentir.
Calcular y contemplar, antes de sentir.
Informarse y preguntar, antes que sentir.
Pasamos nuestras vidas sintiendo, no viviendo.
Porque vivir no es sentir. Vivir es existir.
Y uno existe siendo.
Y no sintiendo.
¿Será por eso que no existimos nosotros mismos; que dejamos de vivir?
Porque ahora no somos.
No estamos
siendo, nosotros mismos.
Como si no existiéramos...
Estas ingenuas palabras que no respetan ninguna estructura de prosa, son para dejar en claro mi posición con respecto al debate anticuado sobre la pena de muerte. Pedirle a un Estado que mate por vos no conduce a ningún razonamiento. Tampoco lo es la tortura del encierro, privar la libertad. Pero, por lo menos, no le sacamos a ese individuo la posibilidad de ser; castigo muy cruel si se emplea la psicología adecuada.
A pesar del dolor que uno puede sufrir (dolor que nunca va a ser imaginable, ni cuantitativa ni cualitativamente) no podemos tomar esta posición. Es no ver, incluso, la envergadura política que acarrea esta "solución". Un condenado a muerte es un elemento-objeto del propio Estado. Recordemos que es el mismo quien a su vez lo ha juzgado.
¿Y si ese individuo no conviene que continúe siendo, es decir existiendo? Mejor para la hegemonía porque va a disponer de una herramienta muy útil...
En fin, no quiero extenderme más, tengo que volver a empezar a existir.
Rasputin again! (esta vez me puse la gorra)